Al menos 11 niños muertos en un ataque aéreo del Ejército birmano a una escuela budista

La junta militar de Birmania alega que el bombardeo se produjo en respuesta a un ataque de grupos rebeldes que escondían en el edificio Leer

Al menos 11 niños muertos en un ataque aéreo del Ejército birmano a una escuela budista

La junta militar de Birmania alega que el bombardeo se produjo en respuesta a un ataque de grupos rebeldes que escondían en el edificio Leer

Birmania, un año y siete meses después del golpe de Estado. La dictadura militar continúa perpetrando un baño de sangre: al menos 11 niños murieron el pasado viernes cuando el ejército lanzó un ataque aéreo que destruyó una escuela de una aldea al noreste del país. Desde UNICEF informan que habría otros 15 menores desaparecidos y otros 17 heridos.

«Dispararon al colegio desde el aire durante una hora. No se detuvieron ni por un minuto. Todo lo que podíamos hacer en ese momento era cantar mantras budistas», aseguraba la directora del centro, situado dentro de un monasterio budista, en declaraciones a la agencia Associated Press.

Desde el Tatmadaw, nombre por el que se conoce al ejército birmano, dijeron que abrieron fuego porque los rebeldes -el Ejército de Independencia de la etnia Kachin y una Fuerza de Defensa del Pueblo (PDF), milicias locales que plantan cara a los militares- estaban usando el edificio para atacar a sus fuerzas y usaban a los civiles como escudos.

En un comunicado publicado tras el ataque, reconocieron la muerte de civiles, pero las justificaron asegurando que los soldados estaban realizando «una inspección sorpresa» y que fueron atacados por combatientes que se habían escondido en el interior del complejo, asentado en la región de Sagaing.

Una versión que no se creen desde el Gobierno de Unidad Nacional (NUG), un gobierno en el exilio formado por los legisladores que huyeron de Birmania tras el golpe de Estado del 1 de febrero de 2021. Acusan a los soldados de «ataques selectivos» contra escuelas en horario escolar y piden la liberación de una veintena de estudiantes y profesores que habrían sido arrestados tras el ataque.

En Birmania no hay día sin combates entre las guerrillas étnicas y los soldados que sirven al régimen dirigido por el general Min Aung Hlaing, convertido en un paria en el escenario internacional, pero que dentro de su casa sigue mandando con la fuerza de un sanguinario dictador. Continúan muriendo civiles en manos de los militares golpistas, con frecuentes ejecuciones de disidentes acusados de terroristas.

«Al menos 382 niños han sido asesinados o mutilados; más de 1.400 niños han sido detenidos arbitrariamente y 142 niños han sido torturados desde el golpe», explicaba este verano Thomas Andrews, relator de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en Birmania. «Estos niños han sido golpeados, cortados y apuñalados; han sido quemados con cigarrillos; les han arrancado las uñas y los dientes; se han visto obligados a ocupar puestos de estrés; han sido objeto de simulacros de ejecución; han sido agredidos sexualmente».

Andrews denunció que estos ataques repetidos contra civiles constituyen crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. «El abuso físico y sexual, el tráfico de niños y el trabajo infantil van en aumento. Las niñas son particularmente vulnerables al matrimonio forzado y la explotación sexual», continuó el relator, que expuso además la dificultad para enviar ayuda humanitaria al país. «Cinco millones de niños requieren asistencia humanitaria urgente. Los expertos advierten sobre una crisis alimentaria inminente y la posibilidad de un aumento dramático en las tasas de desnutrición infantil y retraso en el crecimiento».

Según la Asociación para la Asistencia de los Presos Políticos (AAPP), una organización local que recoge la información sobre los ataques de la Junta militar, en total habría casi 2.300 civiles muertos a manos de las fuerzas de seguridad, más de 15.000 arrestados y casi un millón de desplazados.

Mientras, la ex consejera de Estado y ex líder de facto depuesta, Aung San Suu Kyi, permanece en prisión. A principios de septiembre, Suu Kyi fue sentenciada a tres años de cárcel y trabajos forzosos por supuesto fraude electoral. Fue la enésima sentencia contra la Premio Nobel de la Paz de 77 años.

Todas las condenas que le han caído por ahora suman más de 20 años de prisión para la mujer que logró devolver a su país a un sistema muy parecido al de una democracia, pero que toleró la represión contra la minoría rohingya por parte de los mismos militares que la tuvieron 15 años bajo arresto domiciliario en el pasado y que acabaron derrocando a un gobierno elegido democráticamente en las urnas.

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